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Michoacán y la lluvia: antes pedíamos que cayera; ahora también tenemos que aprender qué hacer con ella

Foto del escritor: Andrés Aguilar
Andrés Aguilar
11 ago
8 min de lectura

La historia reciente del agua en Michoacán tiene una contradicción incómoda: podemos pasar de preocuparnos por la sequía a preocuparnos por la inundación sin haber resuelto realmente ninguna de las dos. El problema ya no es solamente cuánto llueve. Es cuándo, dónde, con qué intensidad cae el agua y qué hacemos con ella después.



En Morelia basta una tormenta fuerte para recordar dónde están los puntos bajos de la ciudad. En la Meseta Purépecha puede llover bastante y, aun así, buena parte del agua infiltrarse rápidamente por los suelos volcánicos. En Tierra Caliente la conversación es otra. Y en el campo, donde buena parte de la agricultura sigue dependiendo del temporal, importa menos el espectacular aguacero de una tarde que tener agua suficiente durante los meses en que el cultivo realmente la necesita.

Michoacán no tiene una sola relación con la lluvia. Tiene muchas.

Y están cambiando.


Cómo nos fue: la lluvia que organizaba el calendario


Durante generaciones, el temporal fue algo parecido al reloj agrícola de buena parte del estado.


Un estudio sobre agricultura michoacana publicado en 2008 ya advertía que la irregularidad de las precipitaciones estaba relacionada con reducción de superficies cosechadas y productividad, especialmente entre productores dependientes del temporal. Sus autoras vinculaban esa vulnerabilidad con procesos de marginación y migración rural.

No es un asunto menor.


Un análisis agroclimático posterior encontró que 59.5% de los cultivos michoacanos se producían bajo temporal, frente a 40.5% bajo riego. El estudio analizó 112 estaciones meteorológicas y encontró regiones con periodos continuos favorables de lluvia de apenas tres meses y otras donde llegan a seis.


Dicho de manera menos académica: dos productores michoacanos pueden mirar el mismo cielo y estar jugando partidos completamente distintos.

La geografía manda.


En el P’urhepecherio, por ejemplo, se han documentado precipitaciones cercanas a 1,500 milímetros anuales concentradas principalmente entre junio y octubre. Pero los suelos volcánicos tienen gran capacidad de infiltración. Mucha de esa agua entra rápidamente al subsuelo y reaparece después en manantiales de las partes bajas.


Eso también explica algo que a veces parece absurdo: puede llover mucho en un territorio y seguir existiendo un problema de disponibilidad de agua.

Lluvia no significa automáticamente agua disponible.


Algo comenzó a cambiar


Una pista particularmente interesante aparece en la franja aguacatera.

Investigadores compararon datos de la estación Barranca del Cupatitzio, en Uruapan, correspondientes a 1963-1972 con los registrados entre 2001 y 2010.

Encontraron algo extraño.


En el primer periodo hubo aproximadamente 105 días efectivos de lluvia y 1,513 milímetros acumulados. En 2001-2010 fueron 96 días y 1,858 milímetros.

Más agua.

Menos días.

Y todavía más revelador: las precipitaciones superiores a 30 milímetros acumularon alrededor de 573 mm en el periodo antiguo frente a 1,003.2 mm en el más reciente.


La imagen es bastante clara: la lluvia puede concentrarse.

El cielo entrega más agua de golpe y deja más espacio entre eventos.

Para una ciudad eso puede significar drenajes rebasados.

Para una ladera, erosión.

Para un cultivo, estrés hídrico entre tormentas.


Y para una cuenca degradada, mucha agua corriendo rápidamente hacia abajo en lugar de quedarse donde podría aprovecharse.

Incluso fenómenos como el granizo forman parte de esta historia. En la franja aguacatera se documentaron pérdidas de hasta 100% en huertas afectadas y más de 10 mil hectáreas dañadas solamente durante 2010. Un estudio posterior sobre los polémicos cañones antigranizo no encontró evidencia estadística que permitiera atribuirles una disminución de las lluvias en las localidades estudiadas.




Cómo nos va: 2026 llegó con agua y advertencias

El presente tiene otra peculiaridad.


Venimos de años en que buena parte de la conversación pública michoacana estuvo dominada por la sequía, la pérdida de superficie del lago de Pátzcuaro y la escasez. Pero la temporada 2026 volvió a mostrar la otra cara del problema.


En junio, Protección Civil estatal advirtió que la temporada de lluvias y ciclones podría registrar actividad superior al promedio histórico, con entre 18 y 21 sistemas tropicales previstos en el Pacífico.

Y las consecuencias urbanas aparecieron pronto.


El 1 de junio se reportaron inundaciones y encharcamientos en Primo Tapia, calzada La Huerta, Los Pinos, Mariano Escobedo y el Periférico de Morelia. Incluso fue necesario auxiliar a personas atrapadas dentro de un vehículo.

En julio, el Gobierno estatal volvió a declarar condiciones de alerta ante un temporal considerado atípico, con previsiones de lluvias muy fuertes, tormentas eléctricas, granizo y rachas de viento.


Pero al mismo tiempo, al inicio de junio, las 24 presas monitoreadas en Michoacán tenían un almacenamiento promedio de apenas 44.58%.

Y ahí aparece otra vez la paradoja.


Mientras La Sabaneta estaba en 98.83%, la presa Barraje de Ibarra registraba 13.27%. Cointzio alcanzaba 80.61%, mientras el lago de Pátzcuaro se reportaba en 37.36% y Cuitzeo Oriente en 32.02%.

Puede haber inundaciones y reservas hídricas bajas al mismo tiempo.


No es contradicción meteorológica. Es territorio, infraestructura y manejo del agua.


¿Y cómo nos irá?


Aquí conviene desconfiar de las profecías exactas.

Nadie puede decir seriamente cuántos milímetros lloverán en Michoacán dentro de veinte años en una colonia o una parcela determinada.


Lo que sí tenemos son escenarios climáticos.

El análisis agroclimático de Michoacán recoge proyecciones en las que, hacia 2050, algunos municipios del suroeste podrían registrar disminuciones de precipitación de hasta 20 mm en meses lluviosos, mientras otras regiones podrían experimentar incrementos. También proyecta aumentos importantes de temperatura.


La palabra importante es variabilidad.


El futuro hídrico de Michoacán no necesariamente será simplemente más seco o más lluvioso.


Puede ser más irregular.

Temporadas que empiezan tarde. Periodos secos dentro del temporal. Tormentas más concentradas. Granizo. Escurrimientos violentos. Inundaciones urbanas. Y cultivos que tendrán que adaptarse a periodos de crecimiento distintos.


Por eso el estudio agroclimático propone algo bastante sensato: dejar de asumir que cualquier cultivo funciona igual en cualquier parte del estado y utilizar la duración real del periodo de lluvias para decidir qué sembrar y dónde.

El calendario agrícola heredado ya no puede tratarse como contrato firmado con las nubes.


La pregunta entonces cambia: ¿qué hacemos con el agua cuando sí llega?


Aquí Michoacán tiene antecedentes interesantes.


Entre 2008 y 2011, el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua, con apoyo de la Universidad Autónoma de Zacatecas y financiamiento de la Fundación Gonzalo Río Arronte, instaló sistemas de captación pluvial en comunidades rurales de la cuenca de Pátzcuaro.


Se construyeron 342 cisternas domiciliarias y 16 comunitarias, con capacidad conjunta para almacenar 6,124 metros cúbicos de lluvia, beneficiando aproximadamente a 9,792 habitantes de diez comunidades.


Y funcionó con aceptación comunitaria suficiente para que el modelo fuera replicado posteriormente en otros estados.


Eso importa porque una política hídrica pensada para el nuevo clima no puede consistir únicamente en perforar cada vez más profundo.


También necesita capturar lluvia, infiltrar agua, restaurar cuencas, tratar y reutilizar aguas residuales, conservar suelo y modernizar el riego.


¿Qué está haciendo actualmente el gobierno?


Sí existen proyectos importantes.


Durante 2025 el Gobierno de Michoacán reportó más de 292 millones de pesos destinados a 39 acciones de agua potable, saneamiento y alcantarillado en por lo menos 32 municipios.


Desde 2025 y hasta abril de 2026, la Comisión Estatal del Agua y Gestión de Cuencas reportó además 25 obras por 75.4 millones de pesos en comunidades indígenas, incluyendo pozos, colectores, drenaje pluvial y sanitario, líneas de conducción y plantas de tratamiento.


En el campo hay otra intervención relevante. La tecnificación del Distrito de Riego 020 Morelia-Queréndaro implica una inversión de 200 millones de pesos para modernizar 1,181 hectáreas mediante tuberías, hidrantes y sistemas que buscan disminuir pérdidas de agua. En febrero de 2026 llevaba 71% de avance.

Y Morelia, donde las inundaciones llevan años comportándose como visitantes con membresía vitalicia, tiene finalmente proyectos específicamente pluviales.


En calzada La Huerta se construye un colector capaz de conducir 7 metros cúbicos por segundo hacia el Río Grande. El Gobierno estatal lo presenta como parte de una estrategia para atender puntos históricamente inundables.

Además, Conagua y el estado realizan limpieza y mantenimiento de 3,682 kilómetros de canales correspondientes a ocho distritos y 44 módulos de riego.

Son obras necesarias.

Pero construir tubos más grandes no agota la discusión.


Pátzcuaro puede convertirse en el laboratorio


La cuenca del lago concentra casi todas las contradicciones hídricas de Michoacán.

Tiene lluvia, infiltración, manantiales, agricultura, asentamientos humanos, aguas residuales, deterioro ambiental y una relación cultural con el agua que precede por siglos a cualquier dependencia gubernamental.


En 2026 continúa el programa de recuperación del lago. El Gobierno estatal reporta alrededor de 500 hectáreas de superficie recuperada en dos años y trabajos de limpieza de canales y rehabilitación de manantiales.

Además, Conagua comenzó la rehabilitación de las plantas de tratamiento de Las Garzas, San Pedrito y Janitzio, dentro de un proyecto de seis plantas y una inversión inicial reportada de 190 millones de pesos. Una segunda etapa contempla colectores sanitarios.

Es una señal importante.

Pero recuperar una cuenca exige bastante más que desazolvar un lago.


Significa preguntarse qué ocurre arriba: dónde se infiltra la lluvia, qué bosque permanece, qué suelo se pierde, cuánto se extrae del acuífero, qué agua residual vuelve sin tratamiento y quién decide sobre todo eso.


Los estudios sobre la relación p’urhépecha con el agua recuerdan además algo que las políticas públicas suelen descubrir cada sexenio como si fuera novedad: las comunidades llevan siglos desarrollando conocimientos y formas de organización alrededor de manantiales, lluvia y lagos.


Una política hídrica seria tendría que sentarlas en la mesa antes de diseñar la solución, no después para la fotografía.


El Plan B: convertir la lluvia en infraestructura


Quizá la adaptación climática más interesante para Michoacán no sea una megaobra.

Podría ser una red.


Captación pluvial en viviendas, escuelas y edificios públicos. Pequeños almacenamientos rurales. Restauración forestal en zonas de infiltración. Protección de manantiales. Pavimentos permeables y jardines de lluvia en ciudades. Recuperación de humedales. Drenajes pluviales separados del drenaje sanitario. Tratamiento y reúso. Tecnificación del riego. Monitoreo meteorológico mucho más fino.

Y, sobre todo, planeación distinta para cada región.


Porque sacar rápidamente el agua de Morelia durante una tormenta puede evitar una inundación. Pero retenerla e infiltrarla donde sea técnicamente posible puede ayudar a enfrentar la siguiente temporada seca.

Las dos cosas importan.


Michoacán lleva décadas tratando la sequía, las inundaciones, el agua potable, el drenaje, los bosques y la agricultura como problemas vecinos que casualmente viven en oficinas distintas.

El clima está haciendo bastante evidente que pertenecen a la misma casa.


La pregunta para los próximos años quizá ya no sea si va a llover suficiente.

Será algo más incómodo: cuando caigan millones de metros cúbicos del cielo sobre Michoacán, ¿cuántos vamos a guardar, cuántos vamos a infiltrar y cuántos dejaremos correr hasta que se conviertan otra vez en emergencia?



Fuentes

  1. Granados-Ramírez, Rebeca y Longar Blanco, María del Pilar. Variabilidad pluvial, agricultura y marginación en el estado de Michoacán. Análisis Económico, UAM, 2008.

  2. Montiel-González, Cristina et al. Análisis climático para la agricultura de temporal en Michoacán, México. Ecosistemas y Recursos Agropecuarios, 2019.

  3. Tapia-Vargas, Luis Mario et al. Cambio climático en la zona aguacatera de Michoacán: análisis de precipitación y temperatura a largo plazo. Revista Mexicana de Ciencias Agrícolas, 2011.

  4. Tapia-Vargas, Mario et al. Variabilidad espacial de la lluvia por efecto de un sistema antigranizo en la franja aguacatera de Michoacán. Revista Fitotecnia Mexicana, 2012.

  5. Rivero Bustos, María Elena; Gómez Lugo, Luis y Barrios Domínguez, J. Natividad. Sistemas de captación y almacenamiento de agua de lluvia en vivienda y comunidad rural, Pátzcuaro, Michoacán.

  6. Argueta, Arturo y Castilleja, Aída. El agua entre los p’urhépecha de Michoacán. Cultura y Representaciones Sociales, 2008.

  7. Gobierno de Michoacán / Conagua. Presas de la entidad, al 44% de su capacidad, 3 de junio de 2026.

  8. Gobierno de Michoacán / SCOP. SCOP atiende inundaciones de Morelia con infraestructura pluvial, 7 de julio de 2026.

  9. Gobierno de Michoacán / CEAC. Más de 75 mdp invertidos en infraestructura hídrica para comunidades indígenas, 10 de abril de 2026.

  10. Gobierno de Michoacán / Conagua. Tecnificación del Distrito de Riego Morelia-Queréndaro, al 71% de avance, 14 de febrero de 2026.

  11. Gobierno de Michoacán / Conagua. Rehabilitación de plantas de tratamiento en Pátzcuaro, 11 de julio de 2026.

  12. Gobierno de Michoacán. Arranca trabajo anual de rescate y conservación del lago de Pátzcuaro, 29 de enero de 2026.

  13. Coordinación Estatal de Protección Civil. Temporada de lluvias y ciclones 2026, 6 de junio de 2026.

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