Colombia acaba de vivir un sismo de 7.4. ¿México debe prepararse?
- Andrés Aguilar

- hace 5 días
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Actualizado: hace 4 días
Hay preguntas que aparecen casi automáticamente.
Esta mañana, después de que Colombia despertara con un fuerte terremoto, una de ellas comenzó a recorrer este lado: ¿y si ya le toca a México?

Y con septiembre acercándose, la memoria hace el resto. Los terremotos del 19 de septiembre de 1985, 2017 y 2022 convirtieron una coincidencia extraordinaria en una especie de superstición nacional. Pero antes de empezar a sospechar del calendario, conviene mirar debajo del suelo.
Colombia y México tienen algo importante en común: son territorios profundamente sísmicos, aunque por razones geológicas distintas.
Colombia se encuentra en una compleja zona de interacción entre las placas de Nazca, Sudamérica y Caribe. La subducción de Nazca bajo Sudamérica, junto con numerosos sistemas de fallas, produce actividad desde terremotos superficiales hasta eventos a grandes profundidades.
Estudios de la Red Sismológica Nacional colombiana ya habían identificado una proporción considerable de sismos profundos, especialmente alrededor de Santander, Boyacá y la región asociada a la subducción del Pacífico. Investigaciones más recientes incluso describen a Colombia como un “laboratorio natural” de terremotos de profundidad intermedia, con zonas extraordinarias como el Nido Sísmico de Bucaramanga.
México comparte el peligro, pero tiene otro acomodo tectónico. Buena parte de nuestra actividad sísmica proviene de la subducción de las placas de Cocos y Rivera debajo de Norteamérica, principalmente frente a la costa del Pacífico.
En el noroeste también interviene el movimiento entre las placas del Pacífico y Norteamérica. No es un riesgo hipotético: una revisión histórica encontró más de 100 terremotos de magnitud 7 o superior entre 1568 y 2021, cinco de ellos de magnitud 8 o mayor. Así que sí, México puede volver a experimentar un terremoto comparable o incluso mayor al ocurrido en Colombia. Lo que no podemos saber es cuándo.
Eso también explica por qué comparar terremotos únicamente por su magnitud sirve de poco. El sismo mexicano del 19 de septiembre de 2017, por ejemplo, fue de magnitud 7.1 y ocurrió dentro de la placa de Cocos, a unos 57 kilómetros de profundidad y apenas unos 120 kilómetros de Ciudad de México.
El terremoto de 1985 fue mucho más grande y liberó aproximadamente 32 veces más energía, pero ocurrió a más de 400 kilómetros de la capital. A eso hay que agregar un problema muy chilango: los sedimentos blandos del antiguo lago pueden amplificar considerablemente determinadas ondas sísmicas
El tamaño del terremoto importa, pero también su profundidad, distancia, mecanismo, tipo de suelo y la calidad de aquello que decidimos construir encima.
¿Y septiembre?
Aquí la geología le arruina una gran historia al algoritmo. No existe evidencia científica de que septiembre sea una temporada de terremotos en México. Que grandes sismos hayan coincidido tres veces en un 19 de septiembre es extraordinario, pero una coincidencia no establece una relación física entre esos eventos.
ampoco existe actualmente un método capaz de predecir con precisión la fecha, lugar y magnitud del próximo gran terremoto.
Por eso el sismo colombiano no significa que México sea “el siguiente”. Las placas tectónicas no llevan una fila de turnos latinoamericanos.
Lo que sí recuerda este episodio es algo menos espectacular y bastante más útil: México volverá a tener terremotos importantes porque su geología los produce, no porque llegue septiembre. La incertidumbre está en cuándo ocurrirá el siguiente, no en si nuestro territorio tiene peligro sísmico.
La pregunta útil entonces cambia. En vez de “¿cuándo nos toca?”, habría que preguntar “¿cómo nos encontrará cuando ocurra?”. Ahí sí tenemos margen de maniobra: edificios que respeten normas sísmicas, revisión de estructuras, planes familiares y vecinales, rutas de evacuación, simulacros tomados en serio y autoridades capaces de hacer cumplir reglamentos antes del desastre, no explicarlos después.
Tenerle miedo a septiembre no mejora nuestras probabilidades. Entender dónde vivimos y prepararnos, sí.
Referencias
Ávila Barrientos, L. (2021). Una revisión general acerca de las características y consecuencias de grandes sismos en México. GEOS, 41(2).
Cruz Atienza, V. M., Singh, S. K., & Ordaz Schroeder, M. (2017). ¿Qué ocurrió el 19 de septiembre de 2017 en México? Revista Digital Universitaria, 18(7). Universidad Nacional Autónoma de México.
Franco, E., et al. (s. f.). Sismicidad registrada por la Red Sismológica Nacional de Colombia durante el tiempo de operación: junio de 1993 hasta agosto de 2002. INGEOMINAS.
Prieto, G. A. (2026). Diversidad sísmica de profundidad intermedia: Colombia, un laboratorio natural. Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, 50(195), 526-539.




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